La X en la frente

Moisés MOLINA
JOSÉ VASCONCELOS
 
En “LOS HÉROES”, Thomas Carlyle inaugura un método histórico gráfico. “La historia del mundo
es la suma de las biografías de sus grandes hombres”. Si hablamos de la profunda simbiosis entre
José Vasconcelos y la parte de la historia de México que le tocó modelar, el escocés no tiene
argumentos en contra.
Nacido el 27 de febrero de 1882, en la calle de la Cochinilla, en la manzana 18, Ulises Criollo y La
Tormenta fueron reveladores fragmentos de autobiografía de un ser humano excepcional, lleno
de contradicciones personales, reproducidas en las contradicciones propias del México de su
tiempo.
La historia oficial de Oaxaca aún no se anima a reconocerlo en su justa dimensión. El
Con cuanta razón, Pilar Torres escribe que “sobre Vasconcelos no se escriben biografias; más bien
se evoca el personaje, se piensa al filósofo, se charla con el intelectual, se lee al escritor y al
mismo tiempo se conoce al hombre de carne y hueso, con tal familiaridad, que puede uno tocarlo
con los ojos, como si fueran manos”.
Escribir del hijo de Carmen Calderón e Ignacio Vasconcelos, es hacerlo de quien, se decía, se
asumía menos del sur que del norte de México. Discrepancia biográfica resuelta severa y
provocadoramente por él mismo: “En el norte del país termina la cultura y comienzan las carnes
asadas”.
Es la ocupación de su padre, agente aduanal, la que delinea el genio nómada de José. De norte a
sur, es llevado de la mano; de norte a sur, Vasconcelos incorpora los elementos de varias
culturas. Desde Eagle País hasta en Piedras Negras, hasta el Instituto Campechano.
Todo este tipo de contrastes, hicieron que como primer Secretario de Educación en México, su
pasión fuera la niñez. Urgía que los espíritus fértiles se reencontraran con los Clásicos y mandó
imprimir por millares aquella obra que muchos mexicanos, aún conservamos en nuestras
bibliotecas: “Las lecturas clásicas para niños”, un recorrido histórico por la literatura de todas
partes del mundo; de todos los tiempos.
Ahí vienen fragmentos del “Poema del Mío Cid”, del “Quijote”, de “Las mil y una noches”, “La
Iliada”, “La odisea”; “El Kata Upanishad”, “Hércules”. Dos volúmenes de literatura universal.
Vasconcelos es testimonio vivo, amigo también de los adjetivos y las metáforas que nos hace
tener presente que el lenguaje es ala del pensamiento y es la música de la imaginación.
En sus vericuetos políticos, mejor no hurguemos por el momento.
El maestro de América no vivió mucho tiempo en Oaxaca, pero la llevaba siempre, como escribió
Pellicer, como una “cicatriz de fuego en la conciencia”.
A Vasconcelos le hizo falta vida para aportar cuanto tenía para regalarle a México. Murió a
destiempo.
No deja de merecer homenajes, aunque sean privados, mientras logramos descifrar el código de
sus contradicciones.