de bosque a desierto en 34 años

Lo que consumimos se pierde, el filósofo Esloveno Slavoj Zizek apunta “que estamos en el límite, y lo sabemos… pero secretamente, no creemos que todo se vaya a caer en pedazos”. Vemos la basura en nuestra casa, pero al sacarla a la calle desaparece de nuestra realidad. Compramos y pedimos bolsas, consumimos incluso productos a medias, cosas que no necesitamos y todas se van. El hecho de que no estemos frente a esa realidad nos hace vivir en una realidad acotada, <> que para efectos prácticos ES la realidad. Pero paseamos por las afueras de la ciudad y ahí está nuestra historia de vida, nuestro ser, lo que hemos consumido. Un documental de Natgeo llamado “La huella ecológica del hombre” (Natgeo, 2011) iniciaba con la siguiente reflexión: ”Imagina poder ver apilada frente a ti todas las cosas que usarás en tu vida (…) por primera vez podrás ver toda tu vida frente de tí”. Pocas veces nos ponemos a reflexionar sobre ello, el primer dato es ya sorprendente, “el plástico de los pañales que evita el goteo puede tardar hasta 500 años en descomponerse, esa es la razón por la que a los dos años, los niños del mundo ya desarrollado son responsables por las emisiones de carbono que una persona genera en Tanzania en toda su vida” (NatGeo, 2011).

 

No es de sorprender entonces que uno de los ejes principales para concienciar a las personas sea la información, enfrentarlos con la realidad de allá afuera. Pero ella tiene también su propia estructura de estructuras, se han construido diversas reflexiones alrededor de la administración de ese consumo, que es última instancia la importancia de pensar el consumo.

 

Lejos estamos de realizar un consenso en todas las posturas, pero eso no nos impide ver los focos rojos. La acidez del océano, deforestación y calentamiento global aparecen como temas innovadoramente alarmantes.
Pensar en el consumo es pensar en formas de vida, pero también en formas de concebir el mundo y en formas de concebir a la naturaleza, cada una con su propia racionalización y sus propios mecanismos de acción ante las diferentes problemáticas.

 

A continuación, más que dar una respuesta (aunque intentaré esbozar mi concepción de <> al final), me interesa problematizar la idea del consumo y la responsabilidad. Consumir menos también significa producir menos y con ello, vivir menos (menos hombres y menos años), aquí mi supuesto principal. Ante este hecho, ¿por qué nos interesa administrar los recursos? ¿Por qué nos interesa consumir? ¿Qué es ser responsable? ¿Qué implica consumir? ¿Orgánico o totalmente inorgánico?.

 

La fragmentación del mundo: El hombre y su roll en la tierra desde la ecología.

 

Los altos niveles de consumo de algunos países (principalmente del norte y orientales) requieren de la extracción de grandes recursos del planeta. A la par del desarrollo tecnológico y del aumento en el nivel de vida, nos encontramos a esta fecha en el tiempo con diversos problemas socio-ambientales como pobreza y calentamiento global entre otros.

 

De manera histórica, la reflexión filosófica (en la tradición occidental) ha presentado a la tierra como una construcción no sólo a la que el hombre estaba arrojado, sino que además estaba ahí para transformarla. La cristiandad postuló que Dios le había dado a la humanidad dominio sobre la tierra, adoptando la idea estoica de que la naturaleza había sido creada para fin nuestro (Bowler, 1998), sin embargo, esta visión como muchas del medioevo y hasta 1900 venían acompañadas de una visión ontológica de la tierra, es decir, aunque la tierra había sido proveída por Dios, la tierra era un solo espacio interrelacionado donde se llevaban a cabo numerosas interacciones. A principios del siglo XX en los años 30 tanto en la ecología animal como en la vegetal existían marcadas diferencias que daban cuenta de la complejidad de las relaciones que se daban entre los seres vivos.

 

En 1930 el ecólogo animal Charles Elton en “Animal Ecology and Evolution” (Bowler, 1998, pág. 389) decía:
El “eqbulibrio de la naturaleza” no existe, y quizá no haya existido nunca. Las poblaciones de animales salvajes están variando constantemente en mayor o menor grado, y por lo común las variaciones son irregulares en cuanto a su amplitud. Cada variación de las poblaciones de una especie causa repercusiones directas e indirectas en las poblaciones de las demás, y como muchas de estas últimas están variando independientemente, es notable la confusión resultante.

 

El ecólogo vegetal A. G. Tansley en su artículo: “The use and the Abuse of vegetational Conceptos and Terms” de 1935 (Bowler, 1998, pág. 372) también se encontraba en la misma línea pero en el sentido ético que estaba en pugna por entonces y la alusión al “hombre amigable con la naturaleza ancestral”:

Es obvio que el hombre civilizado moderno altera en enorme escala los “ecosistemas naturales” o “comunidades bióticas”. Pero sería difícil, por no decir imposible, trazar una frontera natural entre las actividades de las tribus humanas que presumiblemente encajaban en las comunidades bióticas y formaban parte de ellas y las actividades humanas destructivas del mundo moderno. ¿Es el hombre parte de la naturaleza o no? […] Considerada factor biótico excepcionalmente poderoso que altera de modo creciente el equilibrio de los ecosistemas prexistentes y finalmente los destruye, formando otros de índole muy diferente al mismo tiempo, la actividad humana encuentra su lugar propio en la ecología.

 

Por esos años, la disputa no solo se quedaba en el terreno científico, sino que estaba empezando a tener un fuerte impacto político. Para los años 50´s ya eran visibles los efectos perjudiciales del DDT, por lo que un grupo de científicos de California recurrió al modelo teórico del “equilibrio de la naturaleza” para argumentar que se debían reintroducir los procedimientos biológicos (Bowler, 1998, pág. 373). Pero el Departamento de Agricultura de Canadá rechazó la propuesta argumentando que en el ámbito artificial de un monocultivo era inevitable el crecimiento explosivo de las poblaciones de las plagas de insectos y que tenía que controlarse por medio de productos químicos (Bowler, 1998, pág. 373).

 

Aunque esta visión ha ido cambiando en el sentido contrario con los años, no estamos mucho mejor que entonces. La rama de la ecología tiene serias dudas sobre cómo debería de verse la naturaleza, la ontologización de James Lovelock en su libro “Gaia: a New look at Life on earth (1987)” fue recibida con marcardo escepticismo en el ámbito académico, en el prefacio de Gaia se expresaba de esta manera:

 

Tenía la débil esperanza de que Gaia fuera denunciada desde el púlpito. En lugar de eso me pidieron que pronunciara un sermón sobre Gaia en la catedral de San Juan el Divino en Nueva York. En cambio Gaia fue condenada, como si fuera una idea teleológica, por mis colegas, y las revistas Nature y Science no publicarían artículos sobre el tema. No se dieron razones satisfactorias para el rechazo, fue como si el stablishment teológico de la época de Galileo, no tolerara nociones radicales o excéntricas.

 

Pero su lección no fue dejada de lado. El punto de atención estaba claro en el trabajo de Lovelock, si la tierra era un superorganismo con carácter maternal que se autorregulaba, era evidente que la intromisión del ser humano estaba causando estragos.

 

Por otro lado, la ciencia paradójicamente se ha comprometido cada vez más firmemente con un modelo de la naturaleza basado en la lucha individual, la filosofía de que el diablo se lleva al que se queda rezagado, que poco apoyo ofrece para relaciones interespecies armoniosas y apoya abiertamente la competencia como mecanismo de progreso dentro de las especies. Ésa es al menos la opinión de los críticos del darwinismo triunfante (Bowler, 1998, pág. 401).

 

La visión de la ecología en todo caso está de acuerdo con la administración científica de los recursos de la tierra, sea interviniendo directamente con la extracción de recursos negándola, regulándola, o permitiéndola; todo bajo supuestos teóricos que justifican cualquier posición.

 

Responsabilidad y consumo.

 

Los ecólogos están lejos te llegar al consenso, pero sus debates han impactado de forma profunda a la sociedad en los últimos 30 años, con la llegada del ecologismo se plantea una visión catastrofista (donde caería la visión de Lovelock) no sin fundamentos por los que es un eje continuo de discusión. Algunas posiciones sobre “de dónde proviene el mayor problema” y “por dónde atacarlo” son más aceptadas que otras, por ejemplo, hay numerosos detractores del calentamiento global, pero la deforestación es un hecho aquí y en China. Con respecto a la imagen que se encuentra al principio de “El desgaste de la tierra” la ONU calcula que:

 

El mundo ha perdido 10 hectáreas de selva por minuto durante un periodo de 15 años y las selvas sólo cubren el 30.3% de la superficie terrestre. A pesar de los intentos de algunos países, como Canadá, por preservar su territorio verde, en los últimos 34 años se ha demostrado la pérdida del recurso forestal, por lo menos, en Norteamérica.

 

El mismo estudio indica que México se encuentra dentro de los países con una alta desatención en ese sentido, presenta la peor sequía en 71 años y ha perdido 64 mil hectáreas de bosque en la última década.

 

El problema del consumo es pues, un problema de responsabilidad, los utilitaristas del acto como John Stuar Mill (1806-1873) pensaban de manera inmediata las cosas, si compro esta manzana en el mercado, ¿a quién estoy beneficiando? En primera instancia a mí porque tengo la necesidad de la manzana, pero ¿hasta donde llega la ética de tal visión? Un utilitarista del acto consideraría que también se está viendo beneficiado el productor de tal manzana en las condiciones en las que esté, puesto que para el utilitarista del acto, puede (y de hecho es) ser la única manera de vivir del productor puesto que tiene esa manzana en la mano, pero aún si supiera que viene de un lugar donde el agricultor es explotado la seguiría comprando, pues la suposición se mantendría, el agricultor hace eso, porque esa es su única forma de vivir, es eso o la muerte. Sin embargo, una ética kantiana se preocuparía por las consecuencias universales de todo ello, ¿a qué estoy contribuyendo si compro esta manzana? Si el comprador kantiano posee la información de que esa manzana viene de la India y es producida por agricultores que son explotados por sus patrones, indudablemente no la compraría, pues la explotación no es un fenómeno que se deba generalizar.

 

Zygmunt Bauman (1925 – —- ) es un Sociólogo, filósofo y ensayista polaco quien se interesó en el estudio de estratificación social y en los movimientos obreros y recientemente se enfoca en la naturaleza de la modernidad. En “Trabajo consumismo y nuevos pobres” Bauman se pregunta por la relación que existe entre trabajo y consumo así como las nuevas formas en las que existe la pobreza.
Si retomamos a una de las ideas más célebres de Marx y que se relacionan también con el fenómeno del trabajo es que toda producción, es inmediatamente consumo. Se sigue también en Bauman que todo consumo es destrucción (Bauman, 1998, pág. 43).

 

La sociedad del consumo ¿Por qué consumimos?

 

De nada sorprende por ejemplo que aún con herramientas tan útiles que nos permiten acceder al conocimiento y recientemente organizar revoluciones como lo son la bases de datos de “Nube” como las de Google o Amazon estén en la mira de Greenpeace por energizar sus procesadores con Carbón y un sistema de enfriado con agua que la gasta a cantidades sorprendentes aunque es hasta hoy, la forma más energéticamente eficiente de almacenar la información del mundo (Fabiola, 2012).

 

Cuando en nuestras fábricas creamos un nuevo bien, va a parar en nuestras casas, en nuestros cuerpos o en los basureros. Bauman explica que la sociedad hasta mediados del siglo XX tenía ciertos valores que implicaban continuidad laboral, que el trabajo aparecía como herramienta principal para encarar el propio destino, la identificación social se daba en el esfuerzo del trabajo, la base de la identidad se encontraba en el trabajo (Bauman, 1998, pág. 49). Por otro lado, le ética del trabajo se ha sustuido por una estética del consumo, clama Bauman, lejos de ser productores, nos hemos convertido en insaseables consumidores. La idea en sí tiene muchos problemas. Es verdad que consumimos y que el consumo es parte del problema. Pero no lo es tanto como la sobrepoblación. Satisfacer nuestras necesidades siempre ha estado en el centro de nuestra existencia, sea viendo el mundo como un organismo vivo, o no.

 

La huella ecológica

 

La huella ecológica es un indicador del impacto ambiental generado por la demanda humana que se hace de los recursos existentes en los ecosistemas del planeta relacionándola con la capacidad ecológica de la Tierra de regenerar sus recursos. Representa el área de tierra o agua ecológicamente productivos (cultivos, pastos, bosques o ecosistemas acuáticos) (e idealmente también el volumen de aire), necesarios para generar los recursos necesarios y además para asimilar los residuos producidos por cada población determinada de acuerdo a su modo de vida, de forma indefinida.

 

En el documental de Natgeo “La huella ecológica del hombre” podemos darnos cuenta de lo complicado que es encontrar indicadores exactos para poder dar cuenta de la magnitud del fenómeno, sin embargo, hay esfuerzos por hacerlo:

 

“En la actualidad los seres humanos estamos consumiendo el 120% de lo que produce el planeta. Lo cual es insostenible. Concretamente, la huella ecológica superó la capacidad de generación de recursos del planeta en los años 80.” (Martínez, 2008)

 

El Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) acaba de elaborar un ranking con las huellas ecológicas de todos los países del mundo.

 

El ranking de 141 naciones publicado por Reader Digest establece que la clasificación de los países más ecológicos del planeta, que están a la vez preocupados por su medio ambiente y por el bienestar de su población, está encabezado por Finlandia, Islandia y Noruega. En cuanto a las 72 grandes ciudades donde es más agradable vivir, la clasificación está liderada por Estocolmo y Oslo, por delante de Munich y París.

 

Los retos del consumo responsable: La vida está de por medio.

 

Con las catástrofes a la vuelta de la esquina observamos cada vez más ideas relacionadas con Maltus; Lovelock por ejemplo proponía reducir la población a 500 millones con fuertes controles de natalidad (Ballesteros, 1995, pág. 26). Por otro lado, cada vez es más común ver a la gente tornarse “verde”. Incluso Starbucks ahora vende cafés con una causa responsable, no solo ayudas, por una módica cantidad a erradicar la pobreza, sino también ayudas a plantar árboles (Herrera, 2009).

 

Sin embargo, lo verde no siempre es lo mejor, estudios recientes publicados en la revista Science, presentan resultados que habíamos dejado de tomar en cuenta dando por hecho que después del DDT, todo los insecticidas eran iguales. Por un lado, el avance en los insecticidas no solo permiten mantener los nutrientes sin efectos secundarios para el que los ingiere, sino también demuestran contaminar menos que algunos productos orgánicos:

 

“Un nuevo estudio de la Sociedad de las Industrias químicas en el Journal of the Science of Food and Agriculture muestra que no hay evidencia que soporte el argumento de que la comida orgánica es mejor que la que ha crecido con el uso de pesticidas y químicos” (SCI, 2008).

 

En el estudio, después de alimentar a animales con tres formas de cultivo distintos no mostraron diferencias sistemáticas en cuanto a los métodos de cultivación en los trazos de elementos que dejaban (SCI, 2008). El Dr. Alan Baylis agrega que “las modernas protecciones del cultivo químico para controlar hierbas, pestes y enfermedades son puestos a prueba intensivamente y son fuertemente regulados” (SCI, 2008).

 

En 2009 encontramos un estudio donde la pregunta se sostiene, ¿están los productos orgánicos sobrevaluados? En este artículo podemos encontrar otros beneficios que no tienen que ver con el contenido nutricional, sino que “comprar productos orgánicos es más amigable con el ambiente, y en algunos casos, más fresco, pero realmente responde a una preferencia personal y a la cartera” (Organic, 2009).

 

Otro de los beneficios que se pueden encontrar en algunos cultivos orgánicos de Soya y Maíz, es que son más productivos (AGSTAT, 2008). Sin embargo, aunque pueden tener algunos beneficios, algunas veces pueden ser dañinos para el ambiente (Alberta, 2007). Las diferencias estiban en el lugar de procedencia de los alimentos. A más distancia, más emisiones de CO2 son liberadas para tener nuestro alimento en la mesa.
En cuanto al problema de las emisiones de Carbono tenemos algunas alternativas que prometen. El día de hoy ya se puede adquirir celdas solares por Mercado libre a un costo todavía un tanto alto.

 

Conclusión.

 

De cualquier modo, la perspectiva ambiental del desarrollo replantea las formas de incorporación de la población a la vida económica y política, mediante la distribución del poder y la riqueza, la propiedad de la tierra y los medios de producción, el acceso y apropiación de los recursos naturales (Leff, 2001, pág. 393).

 

De manera personal, creo que cruzamos la línea hace mucho tiempo, el derretimiento de los polos es un hecho. Existen razones para pensar que la única manera de “salvarnos” es volviéndonos más artificiales. Las celdas solares son un ejemplo de que se puede bajar el consumo a través de la tecnología, y las soluciones basadas en una apuesta a la “racionalidad” del hombre por medio de la educación me parecen distantes. Por de más, los esfuerzos están en una asociación internacional como la ONU que a pesar de sus endebles esfuerzos, pone el dedo en la llaga sobre el problema. La solución requiere un esfuerzo conjunto de las naciones, y no hay otro medio mayor que la critica y la movilización social para poder ser escuchados.

 

El capital necesario para llevar a cabo tales proyectos es mayúsculo, y los retos suponen entre otras, la concienciación tanto de gobiernos como empresarios. Que no hay que olvidar, también están inmersos en lucha por la supervivencia y la adaptación. El panorama es oscuro, pero para acabar con una cita, “El futuro será utópico o no habrá futuro” (zizek, 2011), esa es la magnitud del problema que creo que enfrentamos hoy, sea este futuro un mundo lleno de polución, o un mundo tecnológicamente superior a toda sociedad antes conocida. “Seamos realistas y demandemos lo imposible” (zizek, 2011).tierra en destruccion